Porque la Sierra de Guadarrama no sólo guarda en su interior infinidad de leyendas sino que ha ayudado a crear otras
De leyendaPor Rosa Alonso
Los ríos son fuente de vida y algunos, incluso, son capaces de crear leyendas. Hasta ahora hemos descubierto lagos con almas errantes, pozos con secretos ocultos y cascadas habitadas por seres fantásticos. Este mes recordaremos la relevancia del río Lozoya y sus molinos y nos sorprenderemos con uno de leyenda.
El río Lozoya atraviesa la Comunidad de Madrid de forma transversal a lo largo de más de 90 km hasta desembocar en el Jarama, afluente fundamental del Tajo. A lo largo de su recorrido se han construido cinco embalses, de entre los que destacan Puentes Viejas, El Villar y El Atazar como fuentes principales para el consumo de los madrileños. Además, su curso forma el Valle del Lozoya, el más extenso de la Sierra de Guadarrama.
«Su curso forma el Valle del Lozoya, el más extenso de la Sierra de Guadarrama»
Los molinos del Lozoya
Como especie superior, el ser humano se caracteriza por aprovechar los recursos que su entorno le brinda ayudándose de la tecnología. Por tanto, no es casualidad que en las veredas de los ríos se construyeran molinos con diferentes utilidades: moler cereales, generar electricidad, etc. Los más importantes del Lozoya -El Cubo, Bartolo o Molino de Los Ríos y Briscas- eran harineros según se recoge en la bibliografía. Por el contrario, el protagonista de nuestra historia estaba dedicado a la producción de papel.
Se encontraba emplazado en la finca de los Batanes, uno de los cuarteles -áreas- en las que se dividían las tierras de la orden de La Cartuja de Santa María de El Paular. El batán es un artefacto que transforma tejidos gracias a una rueda hidráulica que activa los mazos que compactarán los tejidos. Estos instrumentos fueron comunes en nuestro país hasta el siglo XIX.
«Estos instrumentos fueron comunes en nuestro país hasta el siglo XIX»
Ayudando a crear al Quijote
El antiguo molino de papel de los Batanes fue comprado a finales del siglo XIV en la localidad de la Alameda y su primer encargo fue el de serrar la madera que serviría en la construcción del Monasterio de El Paular. Posteriormente, el molino se convirtió en una fábrica de papel al uso. De ésta, se dice que salieron los pliegos para la «editio princeps» de El Quijote o, lo que es lo mismo, la primera edición impresa de la obra que fue realizada en la casa de Juan de la Cuesta en 1605.
Tal fue la repercusión de la obra desde un primer momento que tras el incendio de la fábrica, décadas después, Felipe IV perdonó a los propietarios el pago de los tributos correspondientes. Como curiosidad, apuntaremos que el monarca había nacido el mismo año en el que se imprimió El Quijote. Gracias a este molino, la Sierra de Guadarrama estará siempre vinculada a una historia de leyenda que ha hecho de su protagonista un símbolo universal.









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