El Picacho de la Muerte

El Picacho de la Muerte.

La Parca rara vez es protagonista en las leyendas serranas, siendo más un destino trágico que castiga las malas acciones

De leyenda
Por Rosa Alonso
El 1 de noviembre, la Iglesia católica celebra el Día de Todos los Santos, una fiesta que conmemora la llegada a la vida eterna de los difuntos, tras haber purificado sus pecados en el purgatorio. Este impasse entre la vida terrenal y la eterna no tiene tiempo ni lugar determinados, pues depende de las faltas del fallecido. Este mes conoceremos los funestos finales de Aroldo Verdier y Eloísa Torremar que sucedieron una mañana de Todos los Santos en Valsaín.

La llegada de Aroldo Verdier, noble aburrido
Montes de Valsaín.Cuenta la historia que Aroldo Verdier, muchacho de noble origen, se había quedado huérfano en la vida y no contaba con más compañía que la que le proporcionara su gran fortuna; una distracción siempre temporal de la que pronto se aburría. Hastiado de su situación y entrado en edad casadera, Aroldo decidió abandonar la corte y trasladarse a sus alquerías en las alamedas de Valsaín. En aquel lugar, una mañana durante la misa, conoció a Eloísa Torremar, doncella de la que se enamoró al instante.

Tras seguirla hasta su casa, descubrió que la hermosa joven se trataba de la única hija de un noble de la región. Su padre no quería desposarla con ningún pretendiente de la comarca pues, aunque eran muchos los que llegaban hasta su puerta, no poseían las virtudes económicas que el progenitor consideraba necesarias. Aroldo, prendado de Eloísa, acudía cada día al encuentro de su amada, asistiendo a las tertulias nocturnas que se celebraban en su casa. Así, poco a poco, la muchacha se fue enamorando y cayendo en las redes del entretenido joven.

“Su padre no quería desposarla con ningún pretendiente pues, no poseían las virtudes económicas necesarias”

La muerte y la doncella.La muerte solicita su precio
Una vez conseguida, el noble recobró pronto su aburrimiento y, sin pensarlo dos veces, dio de lado a la que había sido su venerada Eloísa. Ella, sabiendo lo que estaba sucediendo, lloraba sin cesar, hasta que llegado el 31 de octubre, el sollozo de un bebé eclipsó el suyo. En ese momento, decidió dejar esta vida, pues ya nunca la compartiría con su conquistador. Al enterarse de su fallecimiento y la causa de éste, creyó Aroldo adivinar el terrible destino que le esperaba, por lo que montó a su caballo al anochecer y se dirigió hacia el camino de vuelta a la corte.

De pronto, comenzaron a escucharse las campanas de la iglesia que anunciaban la llegada del Día de Todos los Santos. El caballo, asustado por el estruendo, inició una carrera descontrolada, haciendo peligrar la estabilidad del jinete. Mientras Aroldo reprendía al animal y tiraba con todas sus fuerzas de las riendas, de entre las rocas apareció una horrible figura: era la Muerte que, con forma de esqueleto y cubierto por una mortaja blanca, sujetaba su característica guadaña.

Representación escultórica de la muerte.No es difícil adivinar lo que allí sucedió, puesto que la Parca fue a reclamar la vida de Aroldo en pago por la de Eloísa, arrebatada antes de tiempo. Una vez se hizo de día, cuatro campesinos encontraron el cuerpo del huido al pie de una afiladísima y larga piedra emplazada en la cima de Valsaín. Por los hechos sucedidos, a esa piedra se la conoce desde entonces como el ‘Picacho de la Muerte’ y se dice que, todas las noches de difuntos y hasta que llega la luz, la más temida se vuelve a aparecer y permanece guardando la roca.

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