
Helicóptero realizando tareas de extinción de un incendio forestal. (Foto: Javier Urbón).
Llega septiembre y con él los buenos propósitos de cara al nuevo curso, aunque, por desgracia, suele ocurrir que terminan por diluirse como un azucarillo en el océano
Piensamientos
Por Javier Flores, columnista ambiental
En julio vivimos en la Sierra Oeste madrileña el peor incendio de la historia de España. Una serie de casualidades llevaron al desastre y decenas de tertulianos se echaban las manos a la cabeza culpando a políticos, alcaldes, agricultores e incluso a los coches eléctricos. Incluso se proponían soluciones milagrosas y sencillas solo explicables desde la existencia de una especie de contubernio político milenario interesado en que el monte arda.
No soy yo quién para depurar responsabilidades, pero sí me gustaría mirar hacia el futuro y quizá plantearnos algún buen propósito para los próximos años. Pero para ello necesitamos entender los incendios. Y para ello encontré en X (antiguo Twitter) un hilo de un buen colega de mi hermano y especialista en el tema, Francisco Azcárate. Paco para los amigos. Profesor titular en el departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid para sus colegas de profesión.
En él explicaba que, lo primero de todo es ser conscientes de que, por muy bien que lo hagamos, los incendios forestales no van a desaparecer. El abandono masivo del campo y los planes de reforestación de ciertas zonas han supuesto un caldo de cultivo perfecto para la propagación de los incendios. A ello hay que sumar las sequías producidas por veranos cada vez más secos y calurosos así como una gestión del monte mejorable de cara a evitar incendios. Por si fuera poco, los medios de extinción muchas veces resultan insuficientes para el territorio que se pretende proteger.
«Debemos ser conscientes de que, por muy bien que lo hagamos, los incendios forestales no van a desaparecer»
Sin embargo hay que comprender que cada uno de esos elementos, por sí solos, no explican los incendios forestales. Volver a una economía de subsistencia arraigada en el campo no evitaría que se produjeran incendios. De igual modo, apuntaba Paco, la gestión forestal es importante, pero no es la panacea. Y sobre todo, la gestión del monte no debería tratar el territorio como si todo lo que no son troncos y copas fuera ‘suciedad’. Entonces, ¿solo nos queda resignarnos y dejar que el monte arda? La respuesta es NO.
Como explica el profesor de Ecología, «una vía que defendemos muchos es construir y mantener paisajes en mosaico, con más espacios abiertos. Además de sus numerosos beneficios ecológicos, estos paisajes dificultan la propagación del fuego». Y si a ello le sumamos un mejor conocimiento del terreno, un impulso de la ganadería extensiva, un correcto análisis forestal de cara a la recuperación de zonas calcinadas y una mejora de los medios de extinción, quizá tengamos un país un poco mejor preparado para el futuro.
Llega septiembre y como cada año tenemos la opción de intentar cumplir esos buenos propósitos que nos hemos planteado o, por contra, desecharlos y continuar mirando hacia otro lado. Es posible que el futuro de nuestros bosques, de nuestros campos, de nuestra naturaleza dependa de esta decisión.
«La gestión del monte no debería tratar el territorio como si todo lo que no son troncos y copas fuera ‘suciedad'»
O como explica el profesor Azcárate, «frente a un problema complejo, los eslóganes ofrecen respuestas sencillas, pero no soluciones reales. Solo el conocimiento, la planificación a largo plazo y una gestión inteligente del territorio nos permitirán convivir mejor con un fuego que seguirá formando parte de nuestra realidad».








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