Gabarreros

Estrenamos `El Baúl´, donde Jesús Vázquez recuperará los oficios, tradiciones y costumbres, perdidas o a punto de desaparecer en el Guadarrama

`El Baúl´
Jesús Vázquez Ortega

“Al atardecer desciende por el camino de Gargantilla, hacha al hombro, zurrón en bandolera y el rostro cansado. Detrás le sigue su caballería, lenta y dócil, que avanza bajo el peso de las artolas de troncos cargadas, en tanto el perrillo corretea curioso alrededor de los pinos, venteando las fragancias que exhala el bosque”.

Mirada al cielo por la mañana y resignación si el tiempo es desfavorable, no hay elección, salir al monte es de precepto para procurarse el sustento, haciendo frente todos los días a cuantos imponderables se presenten, así era el duro oficio de la gabarrería, tarea rayana en el arte, que jalonó la vida de un buen número de serranos.

Vereda arriba al alba, para recoger con gran esfuerzo lo que la Naturaleza regala, y después del desrame, corte y acopio, cargar  la mulilla para bajar el fruto de toda una jornada de trabajo, luego de nuevo a burrear los troncos y hacinarlos, dicen que la leña calienta tres veces.

No más hay herramientas que el hachón y las manos, manos fuertes y curtidas, poderosas, que con destreza manejan los rudimentarios útiles. Pero también hay que cavilar, hay que saber como desgajar los retorcidos tocones sin malgastar las energías, tirando si es preciso de maza y cuña. ¿Una motosierra? Ni por asomo, eso llegará algún día, con los tiempos. Así, recorriendo parajes, ascendiendo cumbres o escudriñando los valles, se abren sendas que otros aprovecharán sin saber quién holló por primera vez ese bendito pedazo de terreno, ignorantes del sacrificio que llevaba implícito cada paso por allí dado.

Irremediablemente, el momento del adiós llegó, el olor a gasolina y el ruido infernal, reemplazaron a los discretos aparejos, el silencio abandonó el pinar, se dejó de escuchar el sonido seco del hacha al golpear la madera, y todopoderosas máquinas de acero, irrumpieron escandalosamente desplazando al transporte animal, destrozando a su paso todo lo que encontraban. El gabarrero hubo de retirarse a su morada doblegado entre añoranzas, mirando triste como el monte, su monte, era arrasado por la tecnología salvaje.

De ayer a hoy

Han transcurrido muchos años desde que nuestros bosques vieron cómo los hacheros dejaron la espesura, para pasar a la historia. Hoy, ya mayores, evocan sus andanzas salpicadas con mil y un anécdotas que asombran a quienes no conocieron aquellas duras épocas, en las que el desafío a la montaña era continuo, un reto en el que incluso se arriesgaba la vida por salir adelante.

El recuerdo de estos hombres no ha sucumbido al devenir del tiempo, pues su impronta es profunda. Sus métodos no agresivos, respetuosos con la vegetación, el conocimiento y sobre todo la pulcritud con que faenaban, sirvieron para conservar el entorno, hasta que el desconocimiento campante en los despachos, alejados del escenario, desembocó en el dislate que viven nuestros montes actualmente.

Fiesta de los Gabarreros

En efecto, la memoria de los gabarreros se ha mantenido viva, gracias a iniciativas de recuperación que se han extendido a lo largo de los  pueblos del Guadarrama, donde regularmente se celebran interesantes eventos, con el fin de aproximar al gran público  la realidad gabarrera, mediante demostraciones y actividades paralelas.

Estos actos congregan cada vez en mayor medida a aficionados y curiosos, que acuden a cuantas fiestas se convocan, despertando últimamente la atención de los medios de comunicación, efectiva caja de resonancia que ha transmitido su existencia a otros ámbitos territoriales.

Uno de los certámenes más conocidos, se concentra en El Espinar y sus pedanías por el mes de marzo, y comprende un amplio programa cultural que culmina con exhibiciones de desrame, concursos de corte en varias modalidades o arrastre de troncos, todo ello acompañado del folclore típico de la zona y en el que no faltan las degustaciones gastronómicas, charlas y conferencias.

Este es un merecido homenaje a estos hombres, que con su trabajo contribuyeron de manera anónima a mantener una explotación sostenida de los recursos forestales, anteponiendo el equilibrio natural a sus intereses económicos.

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