Las crisopas utilizan la inactividad fisiológica del invierno como mecanismo de defensa frente a las temperaturas extremas del verano
Redacción/. Los cambios ambientales cada vez más acusados obligan a los animales a buscar estrategias que les permitan sobrevivir. Investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y de la Universidad de Granada (UGR) han analizado cómo las crisopas verdes, Chrysoperla pallida, una especie de insectos que habita zonas agrícolas o con mucha vegetación, se adaptan a las temperaturas extremas que provocan el cambio climático y cómo influye la falta de diversidad genética en el proceso.
El estudio, publicado en Biology Letters, muestra que ante un escenario de cambio climático y diferente diversidad genética, las crisopas emplean los periodos de inactividad fisiológica o diapausa y la regulación de sus tasas metabólicas como mecanismos de defensa. Los resultados plantean la posibilidad de que otras especies con diapausa de invierno o hibernación sean más eficientes a la hora de hacer frente a las altas temperaturas.
Los investigadores apuntan a que, en el experimento, las crisopas recurrieron a la diapausa invernal para sobrevivir a temperaturas extremas de verano porque en condiciones de laboratorio no tuvieron una sombra bajo la que refugiarse para controlar su temperatura y recurrieron a un mecanismo de regulación metabólica, lo que muestra una alta capacidad de adaptación o plasticidad natural. Por otro lado, observaron que en la línea exogámica también cambió la tasa metabólica con respecto al tamaño.
Para las crisopas de mayor tamaño, modificar su metabolismo supuso un coste energético que se tradujo en el desarrollo de mandíbulas más pequeñas. En la línea endogámica esto no ocurrió, lo que provocó una mayor mortalidad.
















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