La golondrina y la espina

Desde el monte de El Calvario hasta la Sierra de Guadarrama, una pequeña golondrina transportó una espina de la corona de Jesús de Nazaret

`De leyenda´
Por Rosa Alonso

La leyenda cuenta que durante el vuelo, su plumaje en el dorso se volvió negro en recuerdo de su muerte. La Dehesa de la Golondrina, en Navacerrada, toma su nombre de esta historia, ahondando en la arraigada tradición popular serrana, que considera a las golondrinas como `aves de Dios´, por haber aliviado su sufrimiento.

Un recorrido de 3.600 km

Jesús de Nazaret se encontraba ya en la cruz cuando una bandada de golondrinas apareció en el cielo. Se acercaron y se marcharon con la misma delicadeza, transportando en el pico una espina de la corona que sus captores habían trenzado para él. Volaron en dirección a las afueras de Jerusalén, donde formaron dos hileras cruzadas con las espinas sustraídas.

Una de ellas, la primera en arrancar una espina, se separó del resto y continuó su vuelo hacia el oeste, traspasando las fronteras de la ciudad hasta llegar al mar. Descansó cerca de la orilla y, quizás perdida, alzó el vuelo sin aparente rumbo fijo.

Pasaron los días, mientras sobrevolaba mares, montañas, ríos y, al fin, valles en los que descansar. Por miedo a que al abrir el pico se le cayera su espina, no se alimentó durante los 3.600 km, los  que separan la ciudad de Jerusalén de la Sierra de Guadarrama.

Bajo el sol, su plumaje en el dorso se fue oscureciendo, hasta volverse casi negro. Parecía que la tristeza por la muerte de un amigo se expandiera por su cuerpo hasta transformarlo, tiñendo gran parte de sus plumas de oscuridad.

Llegada a la dehesa

Al llegar a, lo que es hoy, Navacerrada algo llamó su atención: una hermosa dehesa sobre la que descender. Y, por primera vez y exhausta como se encontraba, abrió el pico para beber, dejando caer la espina de la corona que había guardado.

Al acabar, las fuerzas abandonaron su cuerpo. El viento levantó la tierra de la dehesa y, cayendo en círculos, cubrió en pocos minutos a la pequeña golondrina. Con el paso del tiempo, del lugar donde quedó enterrada nació un hermoso roble y, de éste, surgieron otros, hasta convertir el paraje en un hermoso robledal.

En la actualidad, las prácticas ganaderas han transformado un emplazamiento natural que, al comienzo de la era moderna, debía asemejarse a un magnífico oasis. Sin embargo, aunque el lugar no recuerde lo que antaño fue, no se ha perdido la tradición de esta historia y la dehesa llevará por siempre el nombre común del ave que la encontró.

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