Torrelodones, pórtico del Guadarrama


Notas sobre viajeros, artistas y caminantes que exploraron el paisaje de Torrelodones 

el Mirador
Por José Arias Martínez, escritor y profesor de Literatura
Situado en la rampa de la Sierra del Hoyo, el agreste escenario de peñascales y berruecos que conforma Torrelodones se eleva en un peldaño que, a modo de balcón, aúpa la mirada del viajero hacia la ya próxima Sierra de Guadarrama. Hemos salido de Madrid hace tan solo un instante y la flecha de la autovía nos ha lanzado por la pendiente que progresa desde Las Matas.

El disparo ha sido rápido, certero. Tanto, que llevamos un rato aquí contemplando su curiosa atalaya árabe, que guarda celosamente el misterio de su soledad, sin estar seguros de haber llegado todavía, como si una extraña fuerza nos hubiese catapultado y aún conserváramos la inercia del empuje. El reloj desbocado de la carretera se acelera y hiende el campo en dos mitades. Pasan los coches, todos iguales, como si fuesen siempre la misma historia inacabada; pero el paisaje, aunque asediado, resiste protegido por el torreón, inexpugnable en su belleza. Al menos por ahora.

Sierra de Hoyo de Manzanares.

Nos hallamos dentro del primer escalón de la Sierra, en la denominada ‘falla de Torrelodones’, en el piedemonte que delimitan los ríos Manzanares y Guadarrama. Fractura que divide el paraje en dos partes claramente diferenciadas. Hacia arriba, el relieve granítico serrano se eleva hasta alcanzar su culmen en la orla de azuladas cimas que coronan el Guadarrama. La mirada se pierde y divaga entretenida, sinuosa y ensoñada por un mapa de cerros, alcores, lanchares, horcajuelos, lomas, ‘alvéolos’ y depresiones. Y a una distancia que parece dar sentido a una frase de Heidegger: “El hombre es un ser de lejanías“.  A las grandes hondonadas que se observan se las conoce en la comarca con el nombre de ‘hoyos’ y cedieron su apelativo al serrajón homónimo. Todo se antoja hecho a escala de la gran montaña que asoma en el horizonte, trazando un hilo de cumbres silenciosas bajo el cielo.

“El agreste escenario de peñascales y berruecos que conforma Torrelodones se eleva en un peldaño que aúpa la mirada del viajero hacia la Sierra”

Por el sur, en lento desmayo hacia la fosa del Tajo, se tiende a nuestros pies el manto de arenas y arcosas del terciario, modelando un suelo diferente. Sus materiales alcanzan un espesor de unos dos kilómetros aproximadamente sobre el zócalo granítico y encima de ellos se asienta la capital y las localidades de los alrededores. Hacia este lado comienzan a escasear las rocas -las “piedras molares“, que decía Carlos Barral- o simplemente desaparecen. Así que empezamos a andar siguiendo el curso de otros viajeros que nos precedieron. Sus huellas permanecen vivas en el paisaje. O, mejor dicho, son el paisaje mismo.

Caminantes que repararon en la toponimia, que se admiraron de la mencionada atalaya, almenar en torno al cual de noche se reúnen en lúcida asamblea las estrellas del interminable cielo castellano. Datada en el año 865, formaba parte de un conjunto defensivo de torres que vigilaban el corredor del Guadarrama junto a Olmos, Canales y Calatálifa.

Torrelodones. Por Pier Maria Baldi.

Nos internamos en los rincones más apartados del pueblo, deambulando luego por trochas y cañadas. Y nos topamos con los primeros: Pere Corominas (1870-1939), intelectual y escritor amigo de Unamuno, en pausada excursión con Eduardo Marquina, verdadero elogio de la vida errante: “Nadie nos esperaba en Torrelodones, ni teníamos nada que hacer allí“.

La toponimia nos sale al paso ahora, con ricas variantes. Una de ellas establece el origen del vocablo en la Torre de los Lodones. Don Tirso Lodón había recibido estas tierras de Alfonso VI como premio a su actuación bélica en las campañas de Madrid y Toledo. Sin embargo, dos hijos del caballero no tardarían en mancillar el buen nombre del padre con afrentas graves a la población. Conducta que acabaron pagando bien cara. Otros afirman que procede del fitónimo ‘almez’ o ‘lodón’, árbol frecuente en el término, por ejemplo en la senda que lleva a Hoyo de Manzanares. No obstante, a mi juicio la teoría más plausible es la que sostiene el profesor Eduardo Martínez de Pisón: la ‘torre de los dones’, es decir, la torre de los señores. Donde, por otro lado, se reunían los jueces a impartir justicia, por lo que también se llamaba de los Oidores.

Atalaya de Torrelodones.

Sea como fuere, pasear alumbra recuerdos y es fuente de hermosas evocaciones. “La virtud esencial de la marcha es el fresco ánimo del caminante“, señala García Gual. Y en la estela de aquellos paseantes cuyo mayor goce estribaba en la observación y contemplación del paisaje sin ataduras ni ideas previas y lejos del deporte y sus formas vulgares, nos encontramos con Francisco Giner de los Ríos, fundador en 1876 de la Institución Libre de Enseñanza, dirigiéndose de Torrelodones a Hoyo de Manzanares con varios compañeros. Cuenta Bernaldo de Quirós en La Pedriza del Real de Manzanares que el grupo iba perdido, “como siempre“. La tarde se les echa encima: deben regresar, pues. Una pequeña eminencia les llama la atención y se encaminan a ella por un vallejo desierto. Entonces, don Francisco extiende el brazo y dice:

– “Señores, yo les aseguro que la última vez que estuve en este sitio, el Hoyo de Manzanares estaba allí“.

Liberalidad en el paseo y rienda suelta a la exploración. Por fortuna, entre las preocupaciones de los institucionistas no figuraba la utilidad.

“No obstante, a mi juicio la teoría más plausible es la que sostiene el profesor Eduardo Martínez de Pisón: la ‘torre de los dones’

En 1668 llega a España en viaje de instrucción Cosme III de Médici (1642-1723), Gran Duque de Toscana. Le acompaña en el séquito el pintor y arquitecto italiano Pier Maria Baldi, que dibuja todos los sitios donde se para la comitiva, entre ellos Torrelodones. Sus obras se conservan en la Biblioteca Laurenciana de Florencia y constituyen un espléndido testimonio visual de las tierras que recorrieron. Su valor reside en que retrata de manera fiel, realista y con cierto carácter precursor los paisajes de nuestro país.

Y ya en la última etapa de nuestra excursión nos encontramos con Aureliano de Beruete (1845-1912), impresionista en solitario y profesor de dibujo de la Institución Libre de Enseñanza. Capaz de ‘sacar los colores al paisaje’ y de filtrarlos con gran maestría a través de la luz, su lienzo Paisaje de Torrelodones además de poseer una gran vitalidad expresiva refleja de modo fidedigno la relación que el artista buscaba con la naturaleza.

Pero el paseo, lejos de acabar aquí, continúa. Para Góngora, el peregrino detenido al borde del camino es metáfora del amor.

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