Los amantes del Castillo de Pedraza

Castillo de Pedraza. (Foto: GFreihalter).

Las apariciones fantasmales aportan un aura de misterio a las más bellas construcciones

De leyenda
Por Rosa Alonso
A 37 km al noroeste de Segovia, cerca de la Sierra de Guadarrama, nos encontramos con la ciudad medieval de Pedraza. Conjunto monumental desde 1951, este municipio se ha hecho conocido en los últimos años por la celebración de sus Noches de las Velas: los dos primeros sábados de julio, las calles permanecen iluminadas únicamente por pequeños cirios colocados en suelos, ventanas y balcones, cuyas luces bailan al son de la música que se interpreta desde la explanada del castillo.

Esta fortaleza, erigida en el siglo XIII y modificada posteriormente en los siglos XV y XVI, permanece en pie al borde del cerro en el que se asienta la localidad. Además de por el precipicio, está protegida por el foso que la rodea y que la transforma en un bastión inexpugnable. Por si fuera poca su magnificencia, la fortificación posee su propia leyenda trágica y hoy la vamos a recordar.

Un desafortunado triángulo
Antigua cárcel de Pedraza.A principios del siglo XIII, Sancho de Ridaura gobernaba como señor de Pedraza. El noble habitaba el castillo y sus decisiones destacaban por su valentía y generosidad con sus siervos. Un día, paseando por sus dominios, halló por casualidad a la bella doncella Elvira que vivía un amor de juventud con Roberto, su amigo de la infancia. El muchacho se afanaba en labrar la tierra e imaginaba la llegada del día en el que pudiera desposar a su amada.

“A principios del siglo XIII, Sancho de Ridaura gobernaba como señor de Pedraza”

Sin embargo, el amo del castillo, prendado de la hermosa chiquilla, empleó sus derechos feudales y nombró a Elvira noble castellana, anunciando su inminente boda. Roberto, quien no podía luchar contra los deseos de su señor, quedó destrozado y buscó consuelo en el monasterio más cercano. Era el final de la historia de los amantes pedrazanos.

Reunidos gracias al destino
Algunos años más tarde, se difundió la noticia de la muerte del capellán del castillo y, siendo el señor cristiano convencido, consultó quién podría ser su mejor reemplazo. Sin saber que se trataba del antiguo enamorado de su esposa, Roberto fue nombrado nuevo confesor y, aunque se reconocieron al instante, ama y servidor de Dios permanecieron alejados, buscando consuelo en la fe.

Monje meditandoPero este triángulo desafortunado no duró mucho, pues el rey, Alfonso VIII de Castilla, llamó a los nobles a luchar a su lado contra los almohades, destacando su intervención en la histórica batalla de las Navas de Tolosa, municipio cercano a Jaén. La ausencia del señor durante meses provocaría lo que desde un inicio era inevitable.

“Sin saber que se trataba del antiguo enamorado de su esposa, Roberto fue nombrado nuevo confesor”

Las llamaradas marcan el final
Acabada la contienda, Sancho de Ridaura regresó a Pedraza con todos los honores. Sin embargo, encontró a su esposa nerviosa y distante, lo que achacó al largo tiempo de separación. Muy extrañado ante su falta de reacción, interrogó a la servidumbre sobre lo acontecido tras su marcha y conoció lo que los muros no pudieron ocultar.

Para celebrar su regreso, el señor convocó una recepción con los que se acercaron a felicitarle por su valentía y, llegada la noche, les agasajó con una opulenta cena en su honor. Al finalizar la misma, Sancho de Ridaura anunció que premiaría al mejor sirviente en su ausencia e hizo llamar a dos caballeros. Los soldados, vestidos con armaduras, entraron en la salón sosteniendo una bandeja de plata de la que el señor recogió una brillante corona; una vez alzada con guantes de acero, la perspectiva dejó ver unos pinchos al rojo vivo que sobresalían en su parte inferior. No es difícil imaginar quién fue el ‘afortunado’ coronado y cuál fue su desenlace.

Corona en llamasSe dice que se armó tal revuelo por las dantescas imágenes vividas, que no fue hasta horas más tarde cuando encontraron a Elvira en sus aposentos, muerta a consecuencia de una daga clavada en el corazón. La noble dama de humilde cuna no pudo soportar la pérdida de su amor y decidió ir a su encuentro. La pareja, reunida por fin en el otro mundo, ha sido vista en algunas ocasiones paseando por las dependencias del castillo, siempre coronados por flamantes llamas.

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