Memorias de un maestro nacional (II)

En el desangelado patio del Grupo Escolar de San Rafael ocurrían mil y un acontecimientos cada mañana de todos los días

`El Baúl´
Jesús Vázquez Ortega

El extenso espacio destinado al recreo, semejaba la palma de la mano, lo único que emergía eran las escuálidas acacias que nadie sabía quien había plantado, pero debió ser muchos años atrás. La ausencia de cualquier componente que invitara a fomentar el juego era absoluta, nadie, por muy perspicaz que fuera, podría adivinar que allí salían a desfogarse unos candorosos colegiales.

Esto, que en principio podría parecer negativo para una educación satisfactoria, surtía un efecto muy beneficioso a la hora de desarrollar la imaginación. Para montar un partido de fútbol no era necesario más que un grupo de `figuras´ y cuatro árboles que hicieran las veces de postes, así de sencillo.

Las alineaciones se acordaban previamente en clase por los eternos capitanes, mientras doña Fuencisla explicaba las oraciones, prescindiendo del árbitro por considerarse un figurante inútil, además todos querían ser Cruyff y no que se les mentara a padres y madres.

Con estos mimbres se organizaban varios encuentros paralelos, dada la abundancia de plantillas se hacía necesario, eso sí, cancha y porterías se compartían, de modo que se podía observar a varios chavales quietos como monigotes cumpliendo las funciones de cancerbero, y diversos balones pateados por furibundos delanteros, lo que sumía en la confusión al encargado de llevar el `simultáneo´ cuando se marcaba gol, pues era dificilísimo esclarecer a qué partido correspondía el tanto.

Este maremágnum favorecía a los menos dotados para la técnica balompédica, pues permitía cambiar de partido a conveniencia sin que nadie lo notara. Si tenían la suerte de hacer diana, caso poco probable, solían celebrarlo con gran alborozo en compañía de un montón de críos al creer estos que el advenedizo pertenecía a su equipo.

Como el fútbol no fuera distracción propia de chicas, entre otras cosas por falta de afición y ante todo por estar mal visto, disponían sus juegos al margen, pero en el mismo patio, lo que originaba situaciones surrealistas, como el que una pelota rebotara en una niña que pasaba corriendo, provocando el desvío en la trayectoria del esférico y superando al estupefacto guardameta que pugnaba por detener aquel chut letal. Ante esta disyuntiva se anulaba la jugada, pues la autora no quería `dárselo a nadie´, aparte de que le importaba bastante poco si aventajaba al Betis.

Las féminas eran muy imaginativas a la hora de plantear sus actividades y no se retraían al invadir el terreno de juego, tampoco tenían otra alternativa aunque se arriesgaran a que un esforzado defensa pasara saltando la comba en pos de un lance decisivo.

Había un rincón en aquel vasto solar, un rincón sombrío, apartado, allí no llegaban pases ni faldas, un círculo de umbría donde en invierno el frío se hacía notar con mayor intensidad. En esa zona se podía advertir un grupo de chiquillos armados de palos y sombreros de papel, que luchaban entre sí ajenos al resto. Algunos días eran españoles contra franceses, otros, romanos contra indios, todo dependía de qué película se había visto o del antojo por enfrentar a poderosos ejércitos que `sonaban´ por su grandiosa leyenda guerrera, no importaba si Toro Sentado cortaba la cabellera a Julio César.

Tras la media de hora de pausa se regresaba a las aulas entre suspiros y pendencias, lo primero motivado por no lograr el pase a la final y lo otro por perder el territorio, así se diluían aquellos mundos ficticios surgidos en medio de la nada.

Juegos en blanco

La llegada del invierno coartaba en gran medida las iniciativas, las bajas temperaturas atenazaban a jugadores, soldados y cuerdas, dejando para mejor ocasión los planes `de verano´, a la espera de que llegaran las primeras nieves. Cuando esto ocurría, una explosión de júbilo se dibujaba en las caras de los chiquillos, que pertrechados para la ocasión irrumpían en los prados adyacentes donde la nieve alcanzaba mayor altura.

Exponerse por esos parajes entrañaba alto riesgo por ser escenario de `dreas´, tremendas luchas de bolas de nieve que se lanzaban con bastante mala baba, sobre todo a las ingenuas chicas que osaban cruzarse en su trayecto. Los malos más malos desarrollaron un ingenio diabólico, bolas hechas de “la cochambre”, proyectil de nieve semifundida que escocía un horror al impactar y además te empapaba la ropa para toda la mañana.

Cuando las batallas finalizaban, las mentes trabajaban para hacer el más largo `deslizandero´ compitiendo entre barrios a ver cual era el mejor, esta era una práctica realmente peligrosa consistente en patinar por la nieve aplastada hasta conseguir una pista de hielo que produjo roturas de huesos, angustias y tirones de orejas a sus ingenieros.

Otra elección que otorgaban las nevadas era tirarse con trineos por las cuestas del pueblo. Los más `suertudos´, que disponían de excelentes bólidos de plástico, atravesaban calles sin poner cuidado en el tráfico rodado dejando atrás a los menos favorecidos, objetos de burla cuyos artefactos tenían origen en sillas, maderas o bolsas robadas con alevosía en sus casas, lo que hacía recordar a las por entonces en boga carreras de autos locos.

No faltó ocasión en que uno de estos temerarios pilotos acabara en la carretera, chocara contra un coche o se llevara por delante a un pacífico transeúnte que intentaba mantenerse en pie sobre el suelo cristalino, con la consiguiente reprimenda por parte de la víctima que generalmente conocía al progenitor del `delincuente´ ¡cuan sufrido era ser un as de la velocidad!

Privaban y de qué manera las aventuras de expedicionarios, producto de un programa que se emitía en la `primera cadena´, primera y única dicho sea de paso, que narraba epopeyas de reporteros en tierras lejanas. Estos documentales calaron muy hondo en las mentes más sagaces, de forma que se crearon grupos de expedicionarios por doquier, rivalizando en la culminación de la misión más atrevida.

Una de estas empresas, urdida bajo el más absoluto secreto, a punto estuvo de terminar en tragedia de no ser porque Arturito, conocido universalmente por ser un chivato redomado, informó sobre las intenciones de los aventureros de ascender al peñón de Juan Plaza bajo una ventisca de época. Los abnegados montañeros fueron interceptados en las primeras rampas, calados hasta los huesos y ateridos de frío, no tardando en recobrar el calor merced a las azotainas recibidas. Lo cierto es que el soplón recibió los parabienes paternos, aunque su intención no fue el librar a sus amigos de un accidente, sino fastidiarles porque no le permitieron que les acompañara.

Adiós colegio, adiós

El tiempo pasa rápido incluso cuando se es niño, sin darse cuenta los escolares acabaron la EGB, bueno no todos, pero la mayoría cumplieron el ciclo de Básica y emprendieron caminos distintos hacia internados o institutos que se encontraban fuera del municipio. El día en que abandonaban el colegio todo eran buenos deseos, los alumnos se despedían de sus maestros y de quienes quedaban atrás, muchos compañeros desde párvulos. El ambiente se cargó con una mezcla de alegría nostálgica, hasta que la salida dio comienzo a una nueva época.

Don Donato, cuyo empeño fuera enseñar a un grupo de niños del pequeño pueblo de San Rafael, contenía la emoción mientras saludaba a todos y cada uno de ellos, dando algún cariñoso pescozón a quienes le habían dado más de un quebradero de cabeza.

Así continuó este sencillo maestro que tantos años ejerció en nuestra escuela, educando a generaciones de chavales hasta jubilarse. Después marchó fuera, dejando miles de recuerdos encerrados entre las viejas paredes de aquellas aulas que tan singulares momentos depararon

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