Primavera en el Guadarrama


El autor de estas líneas nos guía en un paseo primaveral por la Sierra de Guadarrama lleno de matices naturales

el Mirador
Por José Arias Martínez. (En San Rafael, junio, 2017).
La pista forestal atraviesa el bosque orillando los árboles, a veces formando caprichosos toboganes, curvas de incierto final, rectas que huyen hacia el contraluz de la lejanía. Sobre el asfalto se dibuja una angosta franja de cielo que los pinos se obstinan en cubrir. Claroscuros de bajo y abundante matorral, densos como los que tejen por arriba los fustes y las ramas, se mezclan en la espesura. Es primavera y, sin embargo, el calor aprieta. Un calor tórrido que no se corresponde con el lugar -orientado al norte y sombreado por el follaje- ni con la época -primeros días de junio-.

A pesar de todo, los rayos de sol se encelan con el aire, que se vuelve lento, inmóvil, pegajoso. Saetas de cristal ardiente caen a pico sobre la oscura vegetación, dejando un rastro brillante sobre la retama. Agudas fulguraciones irradian sobre prados y arboledas cabrilleando en las hojas del espino albar, puliendo las de los acebos, centelleando sobre los helechos.

“Sobre el asfalto se dibuja una angosta franja de cielo que los pinos se obstinan en cubrir”

Ejemplar de trepador azul.

El trino de los pájaros -herrerillos, carboneros, trepadores y agateadores entre otras especies, y al que se suma la voz solista de un mirlo no residente- sumerge al caminante en la espesura y esquiva el poderoso maleficio que el astro rey lanza sobre el paraje. La Naturaleza va desgranando las notas de su diaria sinfonía. Timbres sencillos se juntan con silbos de interminable modulación. El canto del cuco inunda todo el bosque convirtiéndolo en una cueva de insondable profundidad, por cuyas paredes supura el agua. El estruendo de una tormenta rebota en su interior y da paso a otros sonidos apenas audibles, tan sutiles que discurren como un breve escalofrío por nuestra piel. Este temblor nos anuncia la aparición de algo nuevo, acaso insólito.

Cozo recorriendo la Sierra de Guadarrama.

Un pequeño ser repta con dificultad por el suelo. De aspecto amenazante, su minúsculo caminar nos acompaña durante un rato. Parece un diminuto berbiquí que cosquilleara en las yemas de nuestros dedos. Pronto cambia de dirección repetidas veces. De repente, surge una mariposa trazando caprichosos zigzags en la maleza, sorbiendo aquí y allá el húmedo color de las flores. Por su parte, estas desfilan como un severo y disciplinado ejército decidido a expugnar la luz abriéndose camino por el duro roquedal, mientras que en sus pétalos se vierten las hermosas y aromáticas tonalidades que la estación guardaba en los cuarteles del invierno.

Una comitiva de vistosos lepidópteros se desplaza en singular peregrinación. Se mueven a ras de suelo, después se elevan y sueltan en el espacio serpentinas laboriosísimas de desenredar. Vuelan, aterrizan, vuelan de nuevo por el sotobosque -incansable aeródromo de ingrávida belleza- mientras agitan sus alas, propinando ligeros toques de abanico al silencio. El aire se llena de novias imposibles de conquistar.

“Un pequeño ser repta con dificultad por el suelo. De aspecto amenazante, su minúsculo caminar nos acompaña durante un rato

Actias isabellae.

Por si fuera poco, otras escuadras se ponen en movimiento y exploran la hierba con avidez. Bandadas de insectos -metálico rosario de instantes- se internan en la grama, vibrando y chirriando por doquier. Pequeñas antenas salidas de protuberancias carnosas parpadean intranquilas antes de adentrarse en la inhóspita selva, donde un grillo estridula, inasequible al desaliento.

Cuando una mariposa se detiene sobre una flor el tiempo se mimetiza con ella y todo el bosque se paraliza y asiste incrédulo al espectáculo. Arroyos y riachuelos se contradicen y frenan poco a poco sus cursos de agua, suspendiéndose la erosión y el arrastre de las piedras. Pozas y balsas se transforman en piélagos de inusitada transparencia. Ninguna nube riela, ninguna libélula planea sobre ellas. El viento patina, acelera, derrapa, recula disimuladamente y, por fin, se escabulle con discreción. Los pinos deponen sus afiladas acículas al tiempo que aguzan sus enormes, peludos pabellones auriculares. Las rocas se remueven en sus lechos de palidez milenaria, alteradas por el suceso. Algunas varían de posición muy despacio fijándose en lo que ocurre a su alrededor, con el propósito de localizar el origen de tan extraño fenómeno.

Berrueco en San Rafael, (El Espinar).

Berrocales de probada inmovilidad, canchales que el amanecer incendia de ígneos reflejos, sienitas que el crepúsculo tiñe de violeta, magmas antiguos que emergieron de las profundidades terrestres escarban inquietos. Los corzos, de alada huella, lamen clandestinamente las hojas en el robledal. Por el horizonte se despliega el lienzo noctámbulo, onírico y estrellado del Guadarrama. La cumbres de granito se desvanecen por momentos. Son ya burbujas investidas con los colores del ocaso: azules, rojos, grises, blancos, violetas, púrpuras. Corzos y mariposas se esfuman volátiles por los senderos.

“Por el horizonte se despliega el lienzo noctámbulo, onírico y estrellado del Guadarrama”

Gritos de azabache surcan el cielo. Una bandada de cuervos grazna contra la calima. Después, anclados en el filo de una alambrera, se miran entre sí capciosos, girando la cabeza con leves golpecitos de cuello.

José Arias Martínez es escritor y profesor de literatura

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