La Lastra, un pueblo fantasma

Algunos pueblos desaparecidos de la Sierra de Guadarrama conservan todavía enigmáticas historias de espíritus

`De leyenda´
Por Rosa Alonso

Objetos que se caen de las repisas, puertas que se cierran sin motivo aparente, sonidos de lamentos y quejidos… Las casas encantadas son comunes en muchas historias de los pueblos serranos pero, con una localización desaparecida en la que también habitaron brujas, el relato atrapa al que lo lee por primera vez. 

La Lastra fue una aldea perteneciente al municipio de Santa María de la Alameda, población que se localiza a los pies de la Sierra de Guadarrama, formada entonces por, al menos, otros ocho núcleos poblacionales. Azotada por la Guerra Civil, la aldea quedó destruida hacia el final de la misma y los antiguos habitantes, que emigraron durante los inicios del conflicto, prefirieron establecerse en otros lugares.

Brujas antes que fantasmas                                                                                                   Antes de que comenzaran las apariciones, en La Lastra no había fantasmas sino brujas. Se decía que, a escondidas, las mujeres de la aldea practicaban artes oscuras con danzas invocadoras y que éste era un hecho probado, ya que a las afueras, crecían setas formando grandes círculos, que señalaban el lugar de reunión de los aquelarres. Los habitantes de otros pueblos limítrofes subían de noche a cazarlas y arrinconaban y asustaban a las mujeres hasta que confesaban su verdadera condición. Hoy en día, se sabe que el crecimiento circular de los hongos no se trata de un fenómeno sobrenatural sino de un efecto del desarrollo normal de sus filamentos subterráneos.

La casa encantada de La Lastra                                                               Con la desaparición de las brujas llegaron los fantasmas. En muchas casas de La Lastra se escuchaban ruidos extraños e incluso algunos habitantes contaron haber recibido la visita de sus familiares difuntos. Sin embargo, sólo una de ellas poseía un auténtico espectro, que se manifestaba violentamente con la entrada de extraños.

El espectro merodea entre los restos de las casas a la espera de que algún día su hijo regrese

Con fachada idéntica a las demás, la casa refugiaba a una viuda cuyo único descendiente había marchado siendo joven a la ciudad. Cuenta la historia que, viéndose muy enferma la anciana y sabedora de que llegaba su final, mandó llamar a su hijo para poder despedirse de él. Lamentablemente, el hombre envió por respuesta una carta en la que, sin rodeos ni adornos, se despedía de su madre.

Fallecida la anciana, su espíritu se negó a abandonar la casa y mostraba su tristeza e indignación a los presentes con lamentos y sollozos nocturnos, así como mediante el lanzamiento de objetos a aquel que entrara en la vivienda. Con la destrucción de la aldea por los enfrentamientos, el espíritu no tuvo ya morada que ocupar, por lo que, desde entonces, merodea entre los restos de las casas a la espera de que algún día su hijo regrese.

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