El tesoro de la `Sima de los Pastores´

La Sierra de Guadarrama esconde un tesoro. Una sima profunda oculta en su interior decenas de escudos de oro de las arcas del mismísimo Felipe II

`De leyenda´
Por Rosa Alonso

La historia popular de este mes nos lleva hasta los montes cercanos a San Lorenzo de El Escorial, a la época de la construcción del Monasterio. Cuentan los vecinos del lugar que Rafael Corraliza, empleado de la pagaduría de las obras, cayó en la `Sima de los Pastores´ mientras huía con un cinto lleno de monedas.

Los escudos de oro pasaban de mano en mano, sin mirar, provocando un tintineo que no soportaba. Se había convencido de que el sonido de la envidia arraigaba en su mente como la traición de aquel que un día se hizo llamar `amigo´. La mirada del arquitecto mientras contaba el pequeño tesoro no ayudaba a distraer tales pensamientos. Y por si esto no bastase, si una moneda resbalaba de entre los dedos y terminaba su fugaz libertad en el suelo, debía de ser devuelta bajo pena de apresamiento.

Un día cualquiera de un mes invernal, ideó un plan cuya sencillez le provocó una carcajada: cogería todos los escudos y reales de la paga semanal y correría hasta que sus piernas se lo permitiesen. Conocía bien la zona y lograría esconderse en una cueva cercana de las montañas, para descansar un poco y pasar la noche al abrigo de alguna madriguera. En unos días, si el Padre le guiaba, divisaría otras tierras y comenzaría una nueva vida. Una en la que un título -comprado, no heredado por linaje- le convertiría en señor de alguna pequeña propiedad.

Llegado el día de la fechoría le fue muy fácil ocultar el pequeño saco con el botín. Sólo su corazón, acelerado hasta convertir los latidos en un ruido infernal, denotaba que la jornada no tornaría en aburrimiento. Un único compañero reparó en el semblante sudoroso de Rafael, que con un bufido disipó su actitud comprensiva. Las horas pasaban lentas pero estaba decidido y, aunque fracasara, llegaría hasta el final. El capataz se marchaba a inspeccionar los avances de las obras de la biblioteca. Era el momento esperado.

Como había planeado, tomó la vereda que le llevaría hasta la aldea de Robledondo, la ruta más cercana y menos transitada de todas las existentes. El sol comenzaba a ocultarse y debía correr más rápido. Se imaginó a sí mismo convertido en lince, corriendo casi sin tocar el suelo, notando levemente los salientes del camino. La noche jugaría a su favor ocultando la feroz carrera, su huída hacia un nombre mejor que el de Rafael Corraliza.

Había recorrido varios kilómetros cuando, sin previo aviso, el suelo se desvaneció por completo. Transcurrió un segundo hasta que comprendió que ya no volaba sino que se precipitaba hacia el interior de la tierra. ¿Estaría reclamando algún Santo un sacrificio por su falta? Las monedas caían del saco rasgado por los salientes de la roca y, nuevamente, el tintineo había comenzado. Ese sonido que conocía tan bien y que fue el último que escuchó.

Con el paso del tiempo, la sima fue cubierta con las ramas que los pastores depositaban por miedo a perder su ganado y, aunque no quedó completamente oculta, nadie más fue víctima de un despiste fatal. Y allí, en lo más profundo, el tesoro continúa aguardando a que algún intrépido aventurero baje a rescatarlo.

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